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Redacción
Lunes, 10 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:
TRIBUNA LIBRE

'El Puerto recobra su sitio', por Celestino Prieto

Cuatro llenos, toros de nota y una feria con sustancia devuelven a la Plaza Real el pulso de las grandes tardes. Morante sostuvo el abono y alrededor suyo hubo toreo, emoción y nombres propios. El camino está marcado

Ha terminado la temporada taurina de El Puerto y queda, por encima de orejas, puertas grandes y estadísticas, una noticia que vale por todas: la Plaza Real ha vuelto a ser plaza de toros.

 

Cuatro corridas y cuatro llenos de “No hay billetes”. Ambiente de toros desde el mediodía, expectación en la calle, aficionados venidos de fuera y unos tendidos con el aspecto que corresponde a una plaza que durante muchos años fue referencia obligada del verano.

 

Buena parte de la culpa la tuvo Morante de la Puebla

 

Cuatro tardes hizo el paseíllo y cinco orejas cortó. Pero no fue eso lo principal. Morante sostuvo el abono, despertó expectación y compareció cada tarde dispuesto a justificarla. Incluso mermado de una mano. Hubo detalles de torero caro y, sobre todo, hubo lidia.

 

Quedará especialmente su faena al cuarto de Álvaro Núñez de la primera corrida. Al toro no se le veía gran cosa. Morante lo fue haciendo, consintiéndolo unas veces y pudiéndole otras, hasta sacarle un fondo que parecía no tener. Aquello fue cosa de torero largo: ver toro donde los demás apenas veíamos posibilidades.

 

La corrida de Álvaro Núñez fue uno de los pilares de la temporada. Tuvo interés y tuvo un quinto, Ponderoso, que puso la plaza boca abajo. No fue toro perfecto —le faltó mayor empleo en varas—, pero tuvo prontitud, recorrido, duración y, sobre todo, transmisión.

 

Talavante se encontró con él y no lo desaprovechó. La faena fue creciendo hasta convertirse en un clamor. Hubo petición de indulto, petición de rabo, dos orejas para el extremeño y vuelta al ruedo para el toro. Toro y torero pusieron de acuerdo a una plaza que hervía.

 

Antes, Juan Ortega había dejado escrito con el capote uno de los pasajes más bellos del abono. Verónicas de mano baja, ajuste y compás; medias de cartel. Toreo sin aspavientos, dicho con los vuelos y rematado con gusto. No necesitó una oreja para que aquello quedara.

 

También hubo toreros de plata. Javier Ambel, que sabe de toros lo que no está escrito, lidió con conocimiento y puso banderillas con la verdad que exige el oficio. Junto a Manuel Izquierdo cuajó ante Ponderoso un tercio de banderillas de los que obligan a los hombres a desmonterarse. Bien puestos, bien llegados y mejor salidos de la cara del toro.

 

Al día siguiente apareció Pablo Aguado. Y apareció entero

Al tercero de Núñez del Cuvillo lo recibió, lo entendió y lo toreó desde que salió. Tomó incluso los palos. Después, con la muleta, hizo lo más difícil: torear sin que pareciera difícil. Temple, naturalidad, buen aire y muletazos dichos de principio a fin. Dos orejas fueron a sus manos. El premio verdadero fue otro: durante un rato pareció que en aquella plaza el tiempo iba más despacio.

 

Roca Rey cortó una oreja de cada toro y volvió a demostrar que conoce como pocos los terrenos donde el peligro deja de ser una palabra. Al quinto lo despachó además con una estocada de las que hacen sonar el tendido antes de que el toro haya doblado.

 

Y aquella tarde dejó también una de las estampas del verano. Roca Rey brindó a Morante. Después de todo lo ocurrido entre ambos, sobraban las explicaciones. Morante recogió el brindis y la plaza entendió el gesto. Entre toreros, cuando hay torería, algunas cosas se arreglan sin discursos.

 

El sábado siguiente llegó Daniel Crespo y recordó una verdad que en El Puerto conocemos bien. Hay torero

 

Tres orejas y salida a hombros en su plaza, con Morante y Manzanares en el cartel, no se consiguen por paisanaje. Crespo templó, ligó y anduvo firme. Torear en casa pesa más de lo que parece y él cargó con esa responsabilidad sin que se le notara.

 

El problema de Daniel Crespo ya no está en El Puerto. Aquí ha demostrado sobradamente lo que puede hacer. Son otras plazas las que tienen que abrirle ahora la puerta.

 

La última corrida dejó a Borja Jiménez en el tono de torero importante que viene acreditando. Dos orejas, una por toro, y una faena al quinto de mucho contenido que la espada dejó por debajo de lo que había sucedido con la muleta.

 

Y David de Miranda cerró la temporada como un vendaval

Tres orejas. Pero nuevamente conviene olvidarse un momento de la aritmética. De Miranda pisó terrenos comprometidos, se pasó los pitones muy cerca y, lo que tiene mayor importancia, no confundió cercanía con toreo. Hubo valor, ciertamente, pero también mando, poder y sentido de la lidia. El valor cuando sirve para torear vale el doble.

 

Manzanares dejó detalles de su conocida elegancia sin encontrar ocasión para alcanzar el triunfo grande.

 

Y así se cerraron dos fines de semana en los que pasó casi de todo.

 

Hubo un toro como Ponderoso. Una corrida de Álvaro Núñez con interés. La naturalidad de Aguado. El capote de Ortega. La ciencia lidiadora de Morante. La transmisión de Talavante. La espada de Roca Rey. La brega y los palos de Ambel. La reivindicación de Crespo. La firmeza de Borja Jiménez. Y el valor con mando de David de Miranda.

 

Pero hubo algo todavía más importante: hubo gente. Cuatro tardes y cuatro llenos.

 

Conviene no equivocarse ahora. Esto no significa que El Puerto haya recuperado ya todo lo perdido. Significa algo más comprometido: ha demostrado que puede recuperarlo.

 

La Plaza Real no puede vivir eternamente de aquella vieja sentencia de que quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es un día de toros. La historia da categoría a una plaza, pero no llena los tendidos. Los llenan los toros, los toreros, la competencia, la imaginación empresarial y la certeza del aficionado de que aquella tarde puede suceder algo.

 

En 2026 ha sucedido. Ahora toca perseverar

Que vengan las figuras. Que se lidien toros con posibilidades, pero también con fondo y emoción. Que tenga sitio quien se gane el puesto. Que se cuide al aficionado. Y, sobre todo, que cada corrida vuelva a tener categoría de acontecimiento.

 

Porque El Puerto posee plaza, historia, afición, verano y solera para aspirar a mucho más que cuatro buenas tardes.

 

La temporada de 2026 no debe ser la culminación de nada. Debe ser el principio de la resurrección taurina de la Plaza Real.

 

Sevilla tiene su Maestranza en primavera. El Puerto debe volver a ser la Maestranza del verano. Este año, por fin, hemos vuelto a verla asomar.

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