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Redacción
Jueves, 06 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:
EDITORIAL

Morantío

El verano en El Puerto de Santa María tiene sus fechas, sus costumbres y su propio vocabulario. A partir de este año puede incorporar también una nueva palabra: Morantío.

 

No figura en el diccionario, pero se entiende con facilidad. El Morantío es ese periodo del verano portuense en el que Morante de la Puebla deja de ser únicamente uno de los nombres del cartel y pasa a convertirse en argumento de conversación, reclamo de la temporada y protagonista indiscutible de la Plaza Real.

 

Puede hablarse de un Morantío estricto, limitado a los nueve días que transcurren desde la primera hasta la última de sus cuatro corridas: del 1 al 9 de agosto, ambos inclusive. También cabe un Morantío extendido, que comienza mucho antes, en el momento en que el aficionado compra el abono, consigue una entrada o empieza a organizar el viaje, y concluye la noche del domingo 9, cuando todavía resuenan en los tendidos las últimas opiniones de la feria.

 

Y existe, por supuesto, el Morantío perpetuo. Ese no depende de la canícula, del calendario taurino ni de los solsticios. Morante ha estoqueado al Estío e impone su estación de arte en la Ciudad de los Cien Palacios, lugar rendido al genio como Stendhal a Florencia, pues se habla de Morante durante los 365 días del año: de lo que hizo, de lo que pudo hacer, de lo que se espera que haga y de la tarde que todavía permanece en la memoria de cada aficionado.

 

La razón no es solo estadística, aunque los números ayudan a explicar el fenómeno. Cuatro comparecencias en una misma plaza convierten al torero de La Puebla en el eje de la temporada. Su presencia condiciona la venta de abonos, multiplica la expectación y transforma cada cartel en un acontecimiento que comienza mucho antes del paseíllo. En bares, peñas, terrazas y corrillos se discuten ganaderías, compañeros de terna, precedentes y posibilidades. El Puerto entra así en un estado taurino particular.

 

Las primeras tardes han confirmado que no se trata únicamente de una operación de cartel. Morante ha vuelto a reunir las distintas dimensiones de su tauromaquia: el artista, el lidiador, el torero de recursos y el hombre capaz de imponerse a las condiciones del toro, incluso con más testosterona o más gónadas que el propio astado de 600 kilos.

 

Las crónicas han insistido en el sitio, en la administración de los tiempos y en la exactitud de los toques. Ante animales de fuerzas limitadas, supo medir las faenas y sostener las embestidas con suavidad. Frente a toros más bruscos o abantos, ofreció una versión de mayor firmeza, asentando las zapatillas, adelantando el pecho y buscando la colocación precisa para construir lo que el animal no entregaba por sí solo.

 

Hubo derechazos ligados, naturales muy lentos, trincherazos de fuerte efecto en los tendidos y cambios de mano ejecutados con limpieza. Pero lo más relevante no estuvo en la enumeración de los pases, sino en la capacidad para dar forma a faenas que, en determinados momentos, parecían tener pocas posibilidades.

 

Ahí aparece el Morante que explica el Morantío. No solo el torero de la inspiración súbita, sino el profesional que conoce los terrenos, mide las distancias y sabe cuándo esperar, cuándo exigir y cuándo abreviar. Las crónicas lo han definido como un torero total porque en sus actuaciones conviven el sentido artístico y la resolución técnica, “sacando petróleo” de morlacos que para otras figuras no tendría ni un pase.

 

El público percibe esa tensión. Cada tarde de Morante contiene la posibilidad de que ocurra algo excepcional, pero también la incertidumbre propia de un torero que no se administra de manera rutinaria. Esa mezcla de expectativa, riesgo y singularidad es la que convierte su presencia en un fenómeno que excede los límites de la plaza. ¡Y esos silencios de diez mil gargantas!

 

Durante el Morantío, El Puerto no solo acoge cuatro corridas. La ciudad incorpora el acontecimiento a su vida diaria. Se llena la Plaza Real, aumenta el movimiento en la hostelería, llegan aficionados de otros lugares y la conversación taurina se instala en las calles. El ciclo taurino deja así de ser una sucesión de carteles para convertirse en un relato con continuidad.

 

Morante ocupa el centro de ese relato. Cada tarde modifica la siguiente. Lo sucedido en la primera corrida condiciona la lectura de la segunda; un triunfo eleva la expectación y una faena incompleta alimenta el deseo de verla culminada. El aficionado no asiste a cuatro episodios aislados, sino a una secuencia que se desarrolla durante nueve días.

 

Ese es el Morantío estricto: una feria dentro de la feria, con principio y final perfectamente delimitados.

 

El Morantío extendido comienza antes, cuando se anuncian los carteles y la ciudad empieza a calcular cuánto falta. Y el Morantío perpetuo permanece después, cuando las puertas de la plaza se han cerrado y las faenas pasan a ser discutidas, ampliadas o corregidas por la memoria.

 

Porque en El Puerto las tardes taurinas no terminan con el arrastre del último toro. Continúan en la conversación, en la comparación con otras épocas y en esa costumbre tan aficionada de volver una y otra vez sobre un pase, una estocada o una decisión.

 

El verano podrá seguir llamándose estío. Pero del 1 al 9 de agosto, en El Puerto de Santa María, tendrá también otro nombre: Morantío.

 

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